«Tienes que trabajar bajo nuestras reglas»


Gaziantep (Turquía) – Khaled es sirio y un convencido musulmán. En la teoría propagandística, una presa fácil para el Estado Islámico (EI). Así lo creyeron los militantes que lo citaron hasta tres veces en una mezquita de Palmira con el fin de convencerlo para que se uniera a ellos. Pero tenían en frente a un acérrimo opositor al grupo terrorista y a la draconiana interpretación del islam que impuso desde su entrada en agosto del 2015 en Palmira, su ciudad natal. No obedecer sus reglas lo llevó dos veces a las prisiones del califato. Tras su última excarcelación escapó a Turquía. Allí lleva ocho meses, pero quiere volver cuanto antes a su país. «Incluso ahora» para narrar lo que allí ocurre, después de que Siria se haya convertido en un «agujero negro informativo».

En su móvil, este joven de 34 años guarda la fotografía que tomó del ajusticiamiento de 25 prisioneros sobre el escenario del teatro romano del siglo II de Palmira. El EI congregó a una multitud para que presenciaran el fusilamiento masivo. Khaled estaba allí y lo documentó desde las gradas como hacía con todas las tropelías de los yihadistas hasta que le confiscaron en su casa las cámaras y su conexión vía satélite que utilizaba para difundirlos.

«Lo sabemos todo»

Antes, ya había sido apresado. La primera vez que contactaron con él en la mezquita le advirtieron: «Lo sabemos todo de ti», sus vínculos con el Ejército Libre Sirio (ELS) y la oposición. «Ahora es diferente.Tienes que trabajar bajo nuestras reglas, hacer lo que digamos», le dictaron, «cambiar todas las banderas y logos de la oposición por las nuestras y llamarnos Estado Islámico, no Daesh [acrónimo en árabe que consideran despectivo]». Tenía como cometido supeditarse al responsable de comunicación, un saudí, pero finalmente fue derivado al tribunal islámico, tras lo que terminó diez días en una cárcel de Palmira.

Fue el primer encarcelamiento, en una habitación con más de 20 personas, entre los que tuvo cierto trato de favor, explica, por la insistencia que el EI mostraba en su reclutamiento. Mientras, Khaled veía cómo golpeaban y torturaban a sus compañeros,hombres, mujeres e incluso un menor acusado de delatar localizaciones a la aviación del régimen en sus ofensivas contra Palmira.

Cada día que escuchaba ráfagas de disparos desde la habitación, desaparecía algún compañero. Cuando lo arrestaron por segunda vez y lo enclaustraron en la misma celda, pudo recontar los presos que faltaban. Durante los días que estuvo libre vio cómo algunos fueron fusilados. Aprovechaban las horas y los lugares concurridos para llegar de imprevisto y aplicar su castigo a los reclusos delante de los civiles.

Después de su segunda estancia en la cárcel, en la que le confiscaron todas las grabaciones, dejó de ser tan peligroso. «Cuando pensaron que ya no podía trabajar, me liberaron. Fui a Raqa y desde allí pagué a las mafias 100 dólares para poder llegar hasta Turquía», relata.«Pero quisiera volver para seguir documentando lo que hacen y los bombardeos del régimen que no cesan», anhela pese a lo vivido.

Masacre en dos mercados

Los mercados volvieron ayer a ser objetivo de los bombardeos. Al menos 44 civiles, entre ellos dos niños, murieron en los ataques aéreos, al parecer de la aviación del régimen, contra los mercados de Maarat Numan y Kafr Nubl, localidades de la provincia de Iblid en poder del Frente al Nusra y de facciones aliadas de tendencia islamista.   Con las conversaciones de paz en Ginebra suspendidas, el hecho no hace sino arrojar más leña al fuego. La oposición condenó las «dos masacres» cometidas por el Ejército de Al Asad, que «se suman a una serie de crímenes».

Publicado en LA VOZ DE GALICIA el 20 de abril de 2016

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