«Nadie esperaba que esto fuese a durar tanto»


Majid habla poco porque tiene demasiado que contar. Protege su verdadero nombre. Desde la cárcel que para él es Jordania, este joven sirio maneja como puede las emociones que le sacuden desde que su familia le animó a escapar por miedo a que fuera reclutado por el ejército. El pesar que llevará «toda la vida»: no haber podido ir al funeral de su madre, que falleció el año pasado. Una viuda a quien seguía enviando el escaso dinero que ahorraba de hacer chapuzas en un país donde tiene prohibido trabajar.

Para Majid, marzo trae un doble aniversario. El de la revolución del 2011, en la que sigue creyendo porque nació contra «una terrible represión», y su llegada a Amán en el 2013, cuando volvió a ser «refugiado». «Crecí en Jarmana -un campo de refugiados de Damasco-, porque mi madre es palestina y mi padre del Golán. No quería volver a serlo. Llegué legalmente pero tuve que registrarme para tener la oportunidad de salir de aquí como solicitante de asilo», acepta mientras espera no sabe bien a quién.

Uno de sus hermanos ha conseguido alcanzar Alemania por la peligrosa travesía del Egeo, pero Majid ha quedado atrapado desde que Turquía impuso de nuevo los visados. Cinco años después, recuerda al detalle aquellos días en que la televisión local negaba que la llamada Primavera Árabe hubiera llegado a Siria, mientras su barrio se llenaba de militares y milicias pro gubernamentales que secuestraron a varios de sus amigos. «Comenzaron a cerrar las tiendas, perdí el trabajo; la gente se quejaba pero no se atrevía a decir nada», explica. «Como no se atreven hoy», entre ellos gran parte de su familia, que vive en zonas controladas por el régimen.

Asfixiante falta de libertad

«¡Vi esas manifestaciones y eran pacíficas!», se exalta. «La falta de libertad en Siria era asfixiante, era inevitable». Los cortes de electricidad llegaron a ser constantes. «Una noche, Hezbolá (milicia libanesa simpatizante del régimen) aprovechó para entrar. Los vieron pasar cerca de nuestro campamento, que está de camino al aeropuerto», describe sobre la intervención de fuerzas extranjeras en un conflicto convertido en una mini guerra mundial.

Conversaciones de paz

Pese a la deriva, Majid pensó que su exilio sería temporal. «Nadie esperaba que esto fuera a durar tanto», confiesa. Cree que el caos ha sido instrumentalizado y el mayor obstáculo, mantener a «un dictador» como Al Asad. Una condición que ha vuelto a enfrentar a Gobierno y a oposición en el inicio de las conversaciones de paz que se retoman hoy en Ginebra auspiciadas por la ONU. Mientras el ministro de Exteriores, Walid al-Moualem, mantiene que la presidencia de Al Asad no entrará en el diálogo, la oposición ha declarado que la transición debe empezar con él fuera del poder, «vivo o muerto».

Majid confía en que la guerra acabará, «pero cuando los poderes quieran». Y entonces volverá a Siria. Es lo único que tiene seguro; eso y la «vergüenza» que ha sentido estos años «por el ser humano». «No solo por la guerra, sino por la falta de igualdad que vivo y el rechazo que hemos demostrado hacia los derechos humanos».

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