«Las familias no saben si uno de sus hijos será el próximo agresor»


Silwan (Jerusalén Este) / Dos soldados buscan, metralleta en mano, a dos menores en el barrio árabe de Silwan, de Jerusalén Oriental. Unos colonos de una casa fortificada e incrustada en una estrecha calle de vecinos palestinos los acusan de tirar piedras. Cuando los uniformados desisten, vuelven al puesto de control que se instaló el miércoles. Se apostan entre dos grandes bloques de piedras y siguen interrogando a los conductores que cruzan. «Esta calle no la pueden cerrar completamente porque impedirían el paso a los colonos que viven aquí», explica Jawad Siyam antes de mostrar las que sí están cercadas. «Esta es la lógica: si solo viven árabes, se cierran. Hoy mucha gente no ha podido ir a trabajar», describe.

A tan solo una puerta de separación de la casa de los colonos, Ahmad Quarin organiza la mercancía del supermercado en el que trabaja. Su hijo vuelve a escuchar el relato del 2009, cuando al intentar defenderlo de una disputa con los colonos fue tiroteado en las dos piernas por los guardas privados. «Cuando llegaron aquí hace unos diez años decían que solo querían convivir, pero yo no entiendo una convivencia en la que tengan que ir armados», dice Ahmad.

Desde sus puertas, las familias palestinas se asoman para ver cómo los niños se acercan y desafían a los soldados. Mientras, los colonos salen y entran de casas identificadas con una bandera y rodeados de protección. Es el día a día. «Esta es la generación de los hijos de Oslo -el tratado firmado en 1993 que iniciaría el camino a una paz definitiva-, pero en estos años nosotros y, sobre todo, nuestros hijos solo hemos visto cómo proliferaban las colonias y la impunidad hacia todo lo que hacen», se enerva.

«No es solo el mantenimiento del statu quo, es el empeoramiento de la situación, y las generaciones como la mía que apostamos por la resistencia no violenta no hemos visto ningún cambio», se desespera Jawad a sus 46 años. «Precisamente fuimos nosotros los que alertamos de que esto podría ocurrir. Y nadie sabe qué va a pasar. Ni las familias saben si uno de sus hijos será el próximo agresor».

Publicado en LA VOZ DE GALICIA el 15 de octubre de 2015

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