La huida a Europa entre mafias y vallas


Comenzó el viaje con 29 niños, mujeres y hombres hacinados en un camión sin ventanas hacia la costa turca. Seis horas de asfixias, enfados, confusiones y peticiones de dinero por adelantado para ser trasladados en barco hasta Grecia. Lo cuenta Said (nombre falso por su protección) desde un lugar cualquiera de Hungría. Escondido, porque es uno de los miles de sirios que intentan llegar estos días hasta Europa. Tras 1.600 euros y un peregrinaje de fronteras está cerca de su destino final: Alemania, «el único país que trata bien a los sirios», comenta. Se oculta en una casa de Budapest para esquivar a la policía a la espera de encontrar un transporte seguro porque ya no se fía de las mafias. «Lo que más miedo me ha dado es ver cómo nos están vendiendo», lamenta.

Elegiría por volver a Siria, pero no lo hará hasta que termine la guerra. De allí escapó en el 2012 cuando le llamaron a filas en el Ejército. «Mi madre no quería verme de uniforme matando gente», recuerda. Ya había perdido su trabajo. Entró en Jordania legalmente pagando un soborno en la frontera. Sin embargo, llegaron las limitaciones de los sirios para ser contratados. «Europa no es mi sueño, pero quiero estar en un sitio que me permita cambiar mi vida. Tengo 27 años», reivindica.

Entre quienes le animaban y quienes le disuadían por los riesgos,Said pidió dinero prestado y comenzó el camino hace 13 días. La barca que lo llevó aquella noche de Turquía hasta una isla griega no era segura. De las 60 personas que pagaron hasta 2.000 euros, 45 se negaron a viajar. Cuando dieron la voz de alerta, Said y 15 de ellos decidieron lanzarse al mar. El resto fue detenido por el Ejército turco. En Grecia, como les ocurriría en cada nuevo Estado, recibieron el primer papel de advertencia: abandonar el país en tres días o acogerse al estatus de refugiado.

En el tren hasta la frontera con Macedonia escucharon los relatos de la represión policial en la frontera. «Nos aconsejaron esperar en las vías del tren», cuenta; cuando volvieron a abrir, 200 personas entraron. Los raíles se convirtieron en la vereda que guiaría el camino hacia Serbia. Rechazaba los transportes de los contrabandistas. Junto a la frontera húngara vio «la peor situación humanitaria» que podía imaginar: «hasta 2.000 personas, familias y niños tirados por las calles, durmiendo. Muchos no se atreven a continuar, otros esperan que sus familias les envíen dinero para poder seguir». Atravesar la valla de púas metálicas hacia Hungría fue lo más peligroso. Dos intentos fallidos a punto de ser detectados por la policía, hasta que encontraron un tramo seguro. Corrieron sin mirar atrás. Pronto llegaron los traficantes. Cincuenta euros pagó por hacer una llamada local.

«Te rodean, te persiguen, te piden 1.200 euros por trayecto. No quiero viajar con ellos», asegura. Y sin alternativa, se ha quedado atrapado en Hungría esperando que alguien de confianza pueda trasladarlo hasta Alemania.

Pese a todo, Said dice, sigue mereciendo la pena: «No me arrepiento porque estoy sobreviviendo al largo viaje, pero lamento lo que estoy viendo, el sufrimiento y cómo hay gente que se aprovecha de ello».

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