Nakba, la herida que condiciona el futuro


ISRAEL / JORDANIA

“Por extraño que parezca, con mis abuelos nunca hablamos de la Nakba (“catástrofe” en árabe, que los palestinos conmemoran cada 15 de mayo), al menos, no en detalle”. El joven Amir Abo Kweder no atina a explicar las razones del secreto familiar que se impuso al relato de aquellos años, de 1947 y 1948, cuando la creación del Estado de Israel provocó la fragmentación de Palestina y una guerra contra la resistencia forzó el éxodo masivo de 750.000 palestinos.
Su familia, sin embargo, se quedó dentro del nuevo país. “Nunca hubo esfuerzos por rescatar los testimonios de los supervivientes, al menos, no los de las tiendas”. Con “los de las tiendas” se refiere a las viviendas de sus mayores; las de los beduinos nómadas palestinos que vieron limitados sus movimientos, confiscadas sus tierras y hoy son parte de la minoría árabe en Israel. El tabú, sin embargo, no impidió que intentara reconstruir su historia. Su despertar político le llevó en las pasadas elecciones israelíes de marzo a empapelar su pequeña aldea, Azarnoug, en el desierto del Negev, de carteles electorales por la Lista Unitaria Árabe: “Tener representación fuerte en el parlamento nos ayudará a acabar con la discriminación en un Estado donde somos ciudadanos de segunda clase”.

Las placas solares, que utilizan para abastecerse de energía a falta de servicios públicos, hacen sombra al rebaño de ovejas. Su aldea, entre decenas de ellas, es una de las localidades de beduinos no reconocidas que Israel excluyó del plan nacional. “Mi familia sigue viviendo como entonces. Israel nunca ha entendido el carácter comunitario y agrícola de estas poblaciones”. Amir desentona en la que es su aldea y siente tan suya. Las gafas de sol, los vaqueros y la americana contrastan con la vestimenta sencilla de los residentes que siguen cultivando la tierra y crían ganado. “Israel ha utilizado una narrativa para distanciarnos de los palestinos por nuestra condición de nómadas y, en realidad, nuestra comunidad no tomó conciencia de identidad palestina hasta que en 1952 la Ley de ciudadanía les permitió el derecho a voto. Pero seguimos siendo la segunda comunidad más pobre del país, sin propiedades. En cualquier momento vienen y destruyen las viviendas que construimos”, contextualiza. A favor de la regulación de sus poblaciones, aprovecha la activación política de su comunidad para aunar fuerzas con el resto de árabes israelíes, 1,8 millones en Israel, para reivindicar la “nacionalidad palestina”.

Al este del río Jordan, en el reino Hachemita, Feda sin embargo no olvida los aviones israelíes bombardeando las tierras de su familia donde bregó como campesina hasta los 25 años. Pero a sus 92 primaveras, sigue sin entender lo que ocurrió. “No sé de qué manera nos quitaron las tierras y el dinero. Sólo sé que la gente se mataba; atacaron nuestra aldea y murieron muchos jóvenes”. No tardaron en escapar a Belén, en Cisjordania. Lo que hoy debería ser, con Gaza, el Estado Palestino determinado en la misma resolución número 181 de la ONU, que puso fin al mandato británico y fijó las fronteras de Israel. Mientras uno declaró su independencia el 14 de mayo de 1948, Palestina sigue sin ser un Estado soberano 67 años después.

Feda y su familia terminarían viviendo desde entonces en el campo de refugiados de Zarqa; el primer asentamiento que se construyó en 1947, en lo que hoy es Jordania, para acoger a los cientos de miles de personas que quedaron atrapados en el exilio. Hoy las tiendas son modestas edificaciones bajas que conforman su vecindario, y el de dos de sus hijos también refugiados, encajonados en medio de una localidad jordana, donde prevalece la memoria palestina, y el implacable deseo por regresar: “Volvería. Volveremos. De hecho, quisiera volver hoy mismo”, ruega Feda entre la resignación y un fingido convencimiento.

Pero el derecho al retorno no se contempla en el debate cuando se habla de la solución al conflicto palestino israelí. Porque el derecho al retorno de la diáspora y, también la discriminación de la minoría árabe en Israel, abre demasiados interrogantes. Devuelve las consecuencias del pasado que son a su vez los escollos del futuro. Hasta los acuerdos de Oslo de 1993 entre el gobierno israelí de Isaac Rabin y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de Yasir Arafat evitaron abordarlos conscientes de que Israel no permitirá la vuelta de los 5 millones de refugiados que hoy siguen dependiendo de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA).
El principio de paz tampoco ahondó en la situación de la minoría árabe no judía que reside en Israel, y vive en un vericueto legal donde se diferencia la ciudadanía (residencia) de la nacionalidad (determinada por motivos étnicos religiosos). Así que la nacionalidad israelí, en realidad, no existe. Los acuerdos de 1993 motivaron la aparición del partido árabe nacionalista Balad, donde milita Amir, con el fin de mantener la identidad palestina reivindicada por sus habitantes. Algo que han visto peligrar cuando en la pasada legislatura, el Gobierno israelí presentó un proyecto de ley para consagrar el carácter judío de Israel: “Su narrativa está basada en la discriminación”, sentencia.

En la casa de Feda se ha escuchado estos días el traqueteo del tren que atacaba el militar británico Lawrence de Arabia, con la ayuda de las tribus árabes, en la guerra contra el Imperio Otomano. Es un viaje testimonial, una excursión de colegio que, de forma puntual, devuelve los vagones de madera a los históricos raíles que atraviesan el campamento de refugiados. La superposición de la historia. La emblemática línea ferroviaria del Hiyad, que unía Damasco con la Meca, quedó severamente dañada durante la rebelión árabe contra los turcos en 1916 y desde entonces dejó de funcionar. Era la época en la que Gran Bretaña y Francia negociaban los acuerdos secretos de Sykes-Picot, para repartirse el territorio que ganaron en la guerra; faltando a la promesa de autodeterminación que hicieron a los árabes a cambio de levantarse contra los otomanos y ayudar a la victoria. El pacto también abrió el camino para la creación de un futuro Estado judío en Palestina, que posibilitaría el recién estrenado Mandato Británico. La declaración de Balfour de 1917 puso estas intenciones en negro sobre blanco.

Son muchos los historiadores, también israelíes como Ilan Pappé o Avi Shlaim, que fechan el comienzo de la Nakba varias décadas antes de 1948, con la judeización intencionada de Palestina. La administración británica promovió la migración masiva de judíos desde todas las partes del mundo, la compra de tierras a los locales, que comprometían poco a poco la creación de una nueva entidad política. Una estrategia que descompensó la convivencia, como recuerda la coordinadora del Comité de Desarrollo Comunitario del campo de Zarqa y también refugiada, Rahma Maine, a través de la memoria de su familia: “Antes del movimiento sionista, la gente, judíos, cristianos y musulmanes, lo hacían como una comunidad palestina y árabe – lo recalca – , no tenía ningún problema. Pero la comunidad internacional nunca sacrificará esta entidad que creó sólo por motivos religiosos, por ser una tierra prometida”, alude al quid de la cuestión.

En 1909 había 50.000 judíos en Palestina. En 1933, ascendió a 600.000. Cuatro años después nacía Khawla Mahmoud Abdallah, quien creció con el miedo a los judíos– en realidad quiere decir sionistas, porque insiste en no tener ningún problema con la religión. Esta migración masiva y el poder social que alcanzaron provocaron una explosión de protestas árabes que fueron duramente reprimidas por los británicos. Khawla se acuerda de los ingleses e incluso de las manifestaciones en su barrio de Bisan, en el norte de lo que hoy es Israel, cuando todavía iba al colegio. Con 10 años, toda su familia escapó. “Tres meses estuvimos esperando en el Valle del Jordan pensando que podríamos volver, pero la violencia no paró”, rememora desde su casa en el campamento de Zarqa. Llegaron a pie hasta Jordania y aquí vio morir a su madre, a su padre y a sus hermanos, sin cumplir el sueño que mantiene: “¿Pero qué puedo esperar ya?”

Es la pregunta que resuena entre los damnificados por la creación de un mapa que, superada la división de 1948, se ha seguido modificación con posteriores guerras, como la del 1967 que provocó otra oleada de refugiados; y, sobre todo, por la política de colonización por la que hoy 600.000 colonos judíos pueblan Cisjordania consolidando la fragmentación que imposibilita de facto la creación del futuro Estado palestino. “Y después de la guerra en Gaza del verano pasado es mucho más difícil pensar en las posibilidad de una paz. Yo desde luego, cuando tenga mi propia familia volveré a inscribirlos en el registro de la UNRWA como refugiados porque tenemos derecho a no olvidar”, concluye Rahma, “no estamos más que reivindicando todo lo que se ya reconoce Naciones Unidas”.

Publicado en CTXT el 14 de mayo de 2015

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