La deshumanización de Gaza


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Una ofensiva, un acto defensivo, una masacre. Conceptos que se están utilizando para definir la muerte de más de 800 gazatíes, la mayoría civiles, por el Ejército israelí en la estrecha Franja de Gaza. La importancia del lenguaje en el conflicto palestino israelí.

Walaa al Ghusein, ahora refugiada tras el bombardeo de su casa, es el tercer embate masivo que vive con 21 años. “No sé qué tipo de armas usan, pero en cada ocasión es diferente, tanto los olores como el sonido de las explosiones”, describe con pesadumbre. Intenta aplacar la desazón para poder concentrarse en los exámenes que debe aprobar esta semana, porque “la vida seguirá después de esto”. La vida se ha convertido en esto en Gaza. No es la primera vez que en su tierra natal, un estrecho territorio de 41 kilómetros de largo y de doce de ancho cercados por Israel, caen bombas desde cielo. En 2009, Plomo Fundido dejó más de 1400 muertos y en 2012, Pilar Defensivo provocó 162 víctimas, la mayoría también civiles.

Para Israel estas operaciones responden a un acto de legítima defensa. Combate el intermitente lanzamiento de cohetes que lanzan las llamadas milicias islamistas, como el brazo militar de Hamás, desde Gaza. “Grupos de resistencia” contra la ocupación israelí, según ellos mismos se definen, que optan por la violencia para denunciar el bloqueo de la Franja.  En esta ocasión, la operación Margen Protector tiene como principal objetivo destruir una red de túneles subterráneos que han sido utilizados por las milicias para acceder a territorio israelí y “cometer atentados”. “Es real el miedo de los civiles, aunque Israel cuenta con una defensa antimisiles, que minimiza los costes a diferencia de Gaza”, explica Sergio Yahni, israelí residente en Jerusalén que desde una organización humanitaria trabaja por la convivencia entre los dos obligados vecinos.

Sin embargo, en la búsqueda de sus objetivos, Israel ha matado a más niños que milicianos. El jueves atacó una escuela de UNRWA, la Agencia para los Refugiados Palestinos de Oriente Medio, donde se protegían miles de familias desplazadas de sus hogares por la violencia. El bombardeo dejó, al menos, 15 muertos y 200 personas heridas. No pudieron evacuar a tiempo, porque el Ejército no alertó del ataque, según UNRWA. Una práctica que dicen utilizar, mediante octavillas y llamadas telefónicas, para evitar la muerte de civiles. Pero no lo han conseguido. Más del 75% de muertos en dos semanas de ofensiva militar son residentes gazatíes, hombres, mujeres y niños sin relación demostrada con bandas armadas.

Ante la masacre, Derechos Humanos de Naciones Unidas ha abierto una investigación para estudiar, como ocurriera en anteriores operaciones, la comisión de posibles “crímenes de guerra”. “El pedir la evacuación de los civiles antes de bombardear no le exime de actuar bajo la ley humanitaria internacional”, ha declarado la Alta Comisionada para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Navi Pillay, que recuerda explícitamente que “las potencias ocupantes” también tienen obligaciones.

La ocupación y Hamás

Gaza no puede entenderse al margen del conflicto palestino israelí, aunque su aislamiento geográfico y político esté escribiendo una narrativa diferente a la de Cisjordania. El conflicto, por su parte, tampoco se entiende sin la historia de la ocupación. La de la creación del Estado de Israel en 1948, la negación de Palestina como Estado soberano vecino y la posterior anexión de territorio, entre ellos, la Franja. Pero aquí la paradoja. Los colonos judíos salieron de Gaza en 2005, mientras que continúan su expansión por Cisjordania financiados y apoyados por el Gobierno israelí, democráticamente elegido. Entonces, ¿qué ocurre en Gaza?

Mohamed Hasna lleva meses esperando a que le concedan un permiso para viajar a Turquía. La autorización depende del Estado de Israel, porque sus fronteras, su mar Mediterráneo y su cielo están bajo administración israelí. Ellos controlan el agua y deciden quiénes son residentes, qué medicamentos entran y qué productos se comercializan. Así que la población no puede más que sentirse encerrada en el exiguo territorio, del que tampoco han podido escapar desde que comenzaran los bombardeos.

En su interior se consolidaron los grupos islamistas como Hamás, que desde 1993 apostaron por métodos violentos para responder a la ocupación de Israel; pero a quien se permitió presentarse a las elecciones de la Autoridad Palestina en 2006. Hamás se hizo con la victoria pero condicionó su resistencia armada al reconocimiento de los derechos del pueblo palestino. La comunidad internacional le dio la espalda y promovió la jefatura del actual presidente, Mahmoud Abás, de la facción moderada Al Fatah. Como respuesta, Hamás se asignó el control de la Franja y Abás de Cisjordania. El quid es que sin Estado soberano palestino, Hamás ha mantenido a sus Brigadas Ezzedeen Al-Qassam operando, junto con otras facciones radicales de la Franja.

Pero algo más ocurrió este año que enfadó a Israel. En medio de las negociaciones de paz, que patrocinó EEUU, al Fatah y Hamás firmaron en junio un histórico Gobierno de unidad. Israel suspendió las conversaciones.

La población gazatí

Este es el complejo entramado político en el que Gaza ha sido castigada durante estos años. Pero lo cierto es que es la población gazatí la que ha sufrido las consecuencias del aislamiento. “La sensación en la Franja es de claustrofobia y estas operaciones militares aumentan el estrés de la gente. Los mecanismos de defensa que pueden haber desarrollando sufren con estas ofensivas”, analiza el encargado de UNRWA de protección de Derechos en Gaza, Antonio Zubillaga. “El problema vendrá cuando esto termine, porque es como un vaso que se llena hasta que se desborda”, teme Zubillaga sobre el inmediato futuro.

Mientras, la población israelí llora a sus más de 30 soldados muertos, la mayoría en los combates contra las milicias palestinas. Porque esta ofensiva a diferencia de 2012 se libra también por tierra. El despliegue está provocando un alto número de bajas al que no acostumbra una de las mejores fuerzas de seguridad de Oriente Medio. Sin olvidar que el Ejército es una respetada y valorada institución, al que sirven obligatoriamente sus ciudadanos y que protege al país del “terrorismo palestino”. Así que los más de 800 muertos “no impactan”, como reconoce el profesor israelí Gerardo Leibner. “La propaganda ha logrado insensibilizar a los israelíes con la cuestión palestina y más concretamente con Gaza. Los consideran combatientes, diferentes a los palestinos de Cisjordania”, ilustra Leibner quien, a su vez, asume pertenecer a una minoría israelí que denuncia el trato hacia el pueblo palestino.

Israel y Hamás no ceden y la demora del alto el fuego agrava las consecuencias a ambos lados de la frontera. Las secuelas de la muerte y la destrucción en Gaza y, como destaca Yahni, el creciente racismo en la población israelí. Son temores que ya se tuvieron en anteriores operaciones. Porque la historia se repite. O, en palabras de sus víctimas, acciones militares como la actual, facilita que la historia se repita.

Publicado en LA VOZ DE GALICIA; 3 de agosto de 2014

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