Egipto se encomienda a Al Sisi


©LauraFernándezPalomo

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El Cairo – Primero extiende con los dedos la ceniza que deja caer del cigarro. Luego, la cubre con pegamento y, cuidadoso, va rellenando las roturas de la zapatilla desgastada por el tiempo. Wael intenta recuperarla. No es momento para comprar unas nuevas. Lo hace sentado en una banqueta a la puerta de la joyería en la que trabaja. El local está vacío, pero al menos sobrevive. «La mitad de las tiendas de esta calle cerraron durante la revolución, la otra mitad, con el nefasto mandato de Mohamed Mursi», explica su propietario, Hasán, sobre la bajada en picado de turistas que ha sufrido Egipto. «Los extranjeros tienen miedo y han dejado de venir».

La centenaria orfebrería, heredada desde hace varias generaciones, como indica su nombre, Hasán Galy e Hijos, se sitúa en una angosta calle del histórico mercado Jan al Jalili. Un bazar originario del siglo XIV escenario de obras literarias que fue una estación inexcusable en el recorrido turístico de El Cairo. «Ahora son egipcios los que compran. Menos y más barato», se lamenta Mohamed, que lleva 13 años como tendero junto a la plaza de Huseín. «Pero Al Sisi dijo que traerá turistas, así que votaré que sí a la Constitución».

La idiosincrasia comercial de Jan al Jalili convierte este espacio en otro de los bastiones del jefe del Ejército, Abdel Fatah al Sisi, a quien gran parte de los egipcios ha encomendado sacar el país del deterioro económico que sufre desde hace tres años. Aunque lo cierto es que los niveles de pobreza ya superaban el 26 % antes del 2011, las reformas islamistas no convencieron a los sectores turísticos, pilar económico, porque, dicen, ahuyentaron a los viajeros y las inversiones externas.

Entre el laberinto de sus calles cuelgan fotos de Al Sisi. Los comerciantes colocan los carteles junto a los productos en venta; con ellos demuestran el apoyo a la Constitución. Dicen que es el deseo de estabilidad, de turistas, es decir, de dinero. «Queremos tomar el camino correcto», describe el empresario Wasfi Amin, después de analizar negativamente la transición. En este tiempo, tuvo que cerrar el 20 % de las tiendas que gestionaba su empresa. «Nosotros compramos oro. Durante los dos años de la revolución nos fue muy bien, porque los egipcios vendían para poder coger comida y pagar el alquiler. Pero ahora la gente no tiene nada».

Economía de supervivencia

El bazar se compone de tiendas y de una delicada arquitectura islámica que, como suele ocurrir con el espléndido Egipto histórico, queda ensombrecida por la dejadez y la suciedad. Pero siguen luciendo perlas como el emblemático bar El Fishaway. Sus clientes, ahora sobre todo locales, reciben en cuestión de minutos los requerimientos de limpiabotas y vendedores de carteras, collares, globos de Bob Esponja, alfombras, gafas de sol y una tatuadora. La mitad son menores. La economía sumergida es, más que nunca, una forma de supervivencia.

Los egipcios abarrotaron las calles en el 2011 pidiendo «Pan, libertad y justicia social», pero los estragos económicos de estos tres años parecen haber reducido las demandas urgentes al pan, es decir, al trabajo. Los menos, y más activistas, pasan por preguntar en alto por el largo plazo. Por alertar de la represión hacia los Hermanos Musulmanes o cuestionar que el Ejército siga liderando el aparato del Estado. Pero pocos se atreven a decir en público que rechazarán la Constitución que comienza a votarse hoy.

Publicado en LA VOZ DE GALICIA (14 de enero de 2014)

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