Caos y venganza fracturan Egipto


El Cairo – Son las diez de la mañana y vuelven a sonar disparos. Los militares y la policía se han desplegado en la plaza Ramsés, en el centro de El Cairo, y desde la noche del viernes cercan la mezquita de Al Fatah. «¡Lo he visto! He visto cómo la policía disparaba a la gente que quería entrar a la mezquita, donde hay heridos y muertos de la manifestación». Walid es la primera vez que se acerca a un punto caliente, desde que comenzara la revolución hace dos años. «Hasta ahora veía las noticias en la televisión -que desde ayer emite con un rótulo permanente “Egipto lucha contra el terrorismo”- y creía que los Hermanos Musulmanes llevaban armas, que había terroristas, pero eso no es lo que acabo de presenciar».

Suena otro tiroteo en una calle colindante a la plaza. Una turba enloquecida corre detrás de un coche, lo retiene. Saca a un hombre y lo apalea. Vuelven a sonar disparos y un joven entra en un segundo coche y acelera a punto de provocar un accidente. «Son los Hermanos Musulmanes ¡están disparando!», grita el dueño de una cafetería mientras azuza a los clientes a entrar.

Un nuevo tiroteo desde el minarete de la mezquita Al Fatah, donde se refugiaban fieles al derrocado Mohamed Mursi y se ha instalado un hospital de campaña, provoca la respuesta de la policía y comienza un fuego cruzado. Suena una explosión dentro del templo.

Mensaje a la población

Los altercados se suceden en Egipto y es difícil saber quién dispara a quién. El Gobierno informó que el viernes murieron 95 personas, 173 en todo el país, pero las cifras ya no importan porque el mensaje de «guerra contra el terrorismo», que ayer repitió el asesor presidencial Mustafá Higazi ha calado en parte de la población. Así que la muerte de islamistas es percibida como un acto de justicia.

Ayer confluyeron en la mezquita de Al Fatah todos los elementos que reflejan cómo Egipto ha entrado en un oscuro túnel. La violencia indiscriminada, los grupos de jóvenes armados custodiando los accesos, y simpatizantes de uno y otro bando acusándose de criminales. Un turbio camino del que puede ser difícil salir, a la vista del nuevo paso que se plantea dar el Gobierno al proponer la ilegalización de la hermandad.

El odio hacia los Hermanos Musulmanes es latente. Noticias como el incendio de 49 iglesias y decenas de instituciones cristianas en el país los separa. El papa de la minoría cristiana copta ha manifestado el apoyo al Gobierno interino. Tamarrud, el movimiento que generó la masiva protesta previa al golpe y que apoya al nuevo Ejecutivo, ha lanzado una campaña de recogida de firmas para celebrar un referendo sobre el acuerdo de paz con Israel.

Por su parte, la hermandad sigue llamando a las manifestaciones y ayer se produjeron marchas concurridas en varias ciudades del país para pedir la caída del Gobierno instaurado por el Ejército el 3 de julio por considerarlo «golpista». Las ganas de venganza crecen cada día, cuando se conoce la muerte de uno de los hijos del líder islamista Mohamed Badía.

En la trastienda resuena de vez en cuando alguna voz de la revolución del 25 de enero, como la del actor y activista Jalid Abdalá, que ha declarado a BBC que «los dos bandos están equivocados». Sobre esta fase de la revolución, la que pretendía acabar con la dictadura de Hosni Mubarak, ayer se supo que su juicio se ha aplazado hasta el 25 de agosto.

La jornada terminó con el desalojo completo de la mezquita. Las fuerzas de seguridad tuvieron que crear pasillos de seguridad para que los simpatizantes del Ejército que se concentraban en las puertas no les agredieran. A última hora de la tarde, los disparos dejaron de sonar, por el momento. (LA VOZ DE GALICIA)

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