El Gobierno egipcio amenaza con aplastar cualquier desafío islamista


Un menor llora la muerte de su hermano que pereció en el desalojo de la acampada islamista en Rabaa / Laura Fernández-Palomo

El Cairo – La tensa calma que vivía ayer Egipto, con una capital sin apenas tráfico, los centros de trabajo cerrados, los islamistas enterrando a sus muertos y el país en estado de excepción, siguió al baño de sangre sin precedentes del día anterior. El Gobierno reconoce que en la sangrienta jornada hubo al menos 578 víctimas mortales —de ellas 535 civiles y 43 policias— y 3.717 heridos. Los Hermanos Musulmanes elevan la cifra de muertos a 4.500.

Lo único seguro es que la zona de Rabaa al Adawiya, donde el Ejército desalojó el miércoles una de las dos acampadas islamistas, mostraba las heridas de una brutal intervención: camiones empotrados contra edificios, aceras levantadas, coches calcinados, un listado de muertos y heridos en los muros del Hospital Ciudad Náser y unos cuatrocientos cadáveres envueltos en sudarios solo en la cercana mezquita de Al Iman.

Con rabia contenida, los islamistas lloraban y rezaban por sus muertos. Lo de ayer parece ser tan solo un respiro, porque los Hermanos Musulmanes siguen dispuestos a seguir desafiando a los militares y llamaron a más manifestaciones tras el rezo de este viernes, ante lo que esperan «una nueva matanza», según declaraban de forma unánime los seguidores que visitaban la zona de los enfrentamientos.

El Ministerio del Interior ha advertido de que las fuerzas de seguridad utilizarán munición real para afrontar cualquier ataque de los fieles al depuesto presidente Mohamd Mursi contra instituciones gubernamentales.
Los enfrentamientos de ayer se concentraron en varias provincias del país. Hubo cuatro muertos en choques entre partidarios y opositores a Mursi en Alejandría y once policías perecieron en un ataque a un puesto de control y una comisaría en el Sinaí.

En la capital, tres agentes murieron en un ataque contra una comisaría en el barrio de Heluan, en el sur, y fue incendiada la sede de la Gobernación de Giza, cerca de las Pirámides. El Gobierno interino también ha condenado la violencia contra la minoría cristiana copta y el incendio de al menos 14 iglesias.

El dirigente de los Hermanos Musulmanes, Mohamed el Beltagy, que perdió a su hija en la represión del miércoles, ha acusado al Ejército y al ministro de Defensa, el general Abdelfatá Al Sisi, de cometer «crímenes de guerra».

Lo cierto es que la operación del Ejército que pretendía desalojar a los simpatizantes del depuesto presidente Mohamed Mursi, que durante un mes y medio se mantenían organizados en campamentos en la capital, ha desatado la condena de la comunidad internacional.

Egipto no consigue estabilizarse para sacar adelante la transición política que comenzó con la caída de la dictadura de Hosni Mubarak en el 2011. Desde este miércoles, vuelve a vivir bajo el estado de emergencia que perpetuó Mubarak durante tres décadas y con un toque de queda que les obliga a permanecer en casa desde las nueve de la noche hasta las siete de la mañana. Pero lo que más preocupa es la polarización social, la que ha provocado un trastocado año de Gobierno de Mursi, acusado de llevar a cabo una política sectaria y, ahora, con la vuelta al poder del Ejército, que fue recibido tras el 30 de junio como salvador, pero que comienza a ser temido por parte de las fuerzas revolucionarias por actuaciones como la del miércoles. (LA VOZ DE GALICIA)

Testimonios: «Disparaban directamente a la cabeza desde helicópteros»

Los islamistas lloran a sus muertos  en DIARIO DE LAS AMÉRICAS

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